
Cada 12 de julio se conmemora en Argentina el Día Nacional de la Medicina Social en homenaje al nacimiento del Dr. René Favaloro. Su paso durante doce años como médico rural en Jacinto Arauz, La Pampa, dejó una huella profunda en su manera de entender la salud: una práctica que trasciende el consultorio y reconoce la importancia de la prevención, la comunidad y el compromiso social.
Cuando pensamos en un hospital, solemos imaginar consultorios, guardias, medicamentos, estudios o diagnósticos.
Sin embargo, detrás de cada consulta existe una realidad que no siempre se ve.
Es aquella que intenta comprender qué hay detrás de cada síntoma, qué historia antecede a una demanda, qué contexto sostiene un problema у qué recursos tiene una persona o una familia para empezar a transformarlo.
Ese es, en gran medida, el lugar desde donde el Trabajo Social construye salud en el primer nivel de atención.
Muchas veces se cree que el trabajador social interviene solamente cuando aparece una situación compleja o cuando es necesario gestionar un recurso. Es cierto que acompañamos trámites, articulamos con organismos e intervenimos para garantizar derechos. Pero reducir nuestra profesión a esa función sería desconocer su verdadera esencia.
El trabajo social comienza mucho antes de que el problema se vuelva urgente.
Empieza cuando recorremos una escuela para conversar con adolescentes sobre salud integral, vínculos, proyectos de vida o consumos problemáticos. Empieza cuando compartimos una reunión con docentes para pensar estrategias de acompañamiento. Empieza cuando participamos en una campaña de vacunación, cuando organizamos actividades comunitarias, cuando articulamos con municipios, clubes, instituciones y organizaciones sociales.
Empieza, sobre todo, cuando decidimos escuchar antes de intervenir.
Porque escuchar también es una forma de cuidar.
En atención primaria aprendemos que ninguna enfermedad ocurre aislada de la vida cotidiana. La salud está profundamente relacionada con las condiciones de vivienda, el trabajo, los ingresos, la educación, los vínculos familiares, la participación comunitaria, la salud mental, las oportunidades y las desigualdades que atraviesan la vida de las personas.
Por eso, una entrevista nunca es solamente una entrevista.
Es el espacio donde alguien, muchas veces por primera vez, encuentra la posibilidad de contar aquello que viene sosteniendo en silencio. Es el momento en que una madre expresa el cansancio que nadie había advertido, un adolescente habla de sus miedos, un adulto mayor reconoce su soledad o una familia comparte preocupaciones que no figuraban en ninguna historia clínica.
Ahí comprendemos que la demanda inicial casi nunca es la única demanda.
Detrás de un certificado puede existir una situación de violencia. Detrás de una consulta médica puede aparecer un problema económico. Detrás de un niño con dificultades escolares puede haber una familia atravesando una crisis. Y detrás de una enfermedad muchas veces encontramos una red social debilitada que necesita ser fortalecida.
Por eso el trabajo social no busca únicamente resolver problemas. Busca comprender procesos.
Con el paso de los años, trabajar en un hospital del interior permite descubrir algo que ningún libro enseña completamente: la prevención rara vez ocurre únicamente dentro del consultorio.
Sucede cuando un adolescente se anima a consultar antes de que aparezca un problema mayor. Cuando una familia participa de un espacio de promoción de la salud. Cuando una actividad comunitaria fortalece vínculos entre vecinos. Cuando un proyecto escolar ayuda a construir autoestima. Cuando una intervención evita que una dificultad pequeña termine convirtiéndose en una situación crítica.
Ese convencimiento fue dando origen a múltiples iniciativas: fortalecer las Asesorías en Salud Integral para Adolescentes en la escuela secundaria; desarrollar estrategias de prevención sobre apuestas online, consumos y salud mental; elaborar materiales educativos para las familias; generar propuestas para que la vacunación infantil también sea una experiencia de aprendizaje; construir herramientas para el trabajo interdisciplinario y promover espacios donde distintas instituciones puedan pensar juntas los desafíos de la comunidad.
Cada uno de esos proyectos nace de una misma convicción: la salud no se espera. Se construye.
Y se construye junto a otros.
Ninguna intervención significativa puede sostenerse desde una única disciplina. Enfermería, medicina, odontología, psicología, trabajo social, laboratorio, administración, agentes sanitarios y tantos otros integrantes del equipo aportan miradas diferentes sobre una misma realidad. Cuando esas miradas dialogan, dejan de superponerse y comienzan a complementarse. Allí aparecen respuestas más humanas, más completas y más cercanas a las necesidades reales de las personas.
En ese trabajo cotidiano también aprendemos una diferencia que parece pequeña, pero cambia completamente el sentido de nuestra profesión: no es lo mismo derivar que dejar a la deriva.
Derivar implica construir un puente. Significa presentar a la persona, explicar el motivo de la intervención, articular con otros profesionales, realizar el seguimiento y asegurarse de que ese nuevo espacio realmente pueda recibirla.
Dejar a la deriva, en cambio, es entregar un papel, indicar una dirección y esperar que alguien, en medio de su vulnerabilidad, encuentre solo el camino.
El acompañamiento es, quizás, una de las herramientas más valiosas del trabajo social. Porque muchas personas no necesitan que alguien resuelva su vida. Necesitan saber que no la van a transitar solas.
Hay historias atravesadas por años de desigualdad, violencia, enfermedad o exclusión que no cambian de un día para otro. En esos casos, permanecer, acompañar y sostener también son formas de intervención.
Muchas veces los cambios más importantes son silenciosos. Un adolescente que vuelve a confiar en los adultos. Una familia que recupera la esperanza. Una persona que se anima a pedir ayuda. Un niño que accede a un derecho que parecía inalcanzable.
Esos logros difícilmente aparezcan en una estadística. Sin embargo, representan algunas de las transformaciones más profundas que puede generar el trabajo social.
Quizás el mayor desafío de quienes trabajamos en atención primaria sea no perder nunca la capacidad de mirar a las personas antes que a los problemas. Ver primero al ser humano y después al diagnóstico. Descubrir fortalezas donde otros solamente observan necesidades. Reconocer que cada comunidad posee recursos, saberes y capacidades que pueden potenciarse cuando existen espacios para organizarlos y fortalecerlos.
El trabajo social es una profesión que muchas veces transcurre lejos de los reflectores. Sus resultados no siempre son inmediatos ni fáciles de medir. Sin embargo, detrás de cada acompañamiento, de cada articulación interinstitucional, de cada proyecto preventivo, de cada visita domiciliaria y de cada espacio de escucha, existe una convicción profunda: la salud no se limita a curar enfermedades. También implica generar las condiciones para que las personas puedan ejercer sus derechos, desarrollar su autonomía y construir proyectos de vida con mayor dignidad.
En tiempos en que los sistemas de salud enfrentan enormes desafíos, la Medicina Social nos recuerda que cuidar también es prevenir, escuchar, acompañar y construir comunidad. El Trabajo Social forma parte de esa tarea cotidiana, promoviendo respuestas integrales frente a problemáticas complejas y fortaleciendo los vínculos entre las personas, las instituciones y el territorio.
Pero esa tarea no es solamente técnica. También es profundamente ética y política. Cada intervención expresa una manera de comprender a las personas y a la sociedad. Elegir escuchar antes que juzgar, reconocer derechos antes que otorgar favores, promover la participación antes que el asistencialismo y trabajar junto a las comunidades antes que decidir por ellas son decisiones que forman parte del ejercicio profesional cotidiano. En ese sentido, el Trabajo Social asume el compromiso de contribuir a una sociedad más justa, más inclusiva y con mayores oportunidades para todas las personas.
Porque la salud no empieza en el consultorio.
La salud se construye antes de que aparezca la enfermedad. Se construye escuchando. Se construye entre disciplinas.
Y, sobre todo, se construye todos los días, junto a las personas.
Esa es, quizás, una de las mayores enseñanzas de la Medicina Social. Y también una de las razones por las que el Trabajo Social constituye una parte esencial de la salud.
HUS, Mathias
Licenciado en Trabajo Social – MP N504
Hospital Dr Rogelio Amicarelli – Bernasconi (La Pampa)
